Por Pedro Padilla Luis*
El
cerro Viejo, es una montaña ubicada al oriente de Santa Cruz Mixtepec, un viejo
pueblo del sur del estado de Oaxaca,
fundado hacia el siglo XVI, aunque tuvo una población nativa mucho más antigua
de la que se conservan pinturas rupestres en por lo menos una cueva.
Y
así de antiguo, o mucho más, es el llamado Cerro Viejo, cuyo origen relatan algunos
pobladores, se remonta a los tiempos del Diluvio Universal.
Según
la Biblia, en aquel entonces llovió incesantemente por cuarenta días y cuarenta
noches y no quedó lugar alguno que no fuera cubierto por el agua de tal
fenómeno.
No
sabemos por qué causa el sagrado libro omite que sí hubo un lugar que no pudo
ser alcanzado por el agua y ese fue el actual Cerro Viejo.
Para
soportar esta historia, se cuenta entre los habitantes que en tiempos muy
remotos vivieron aquí unos lugareños, Hipólito
y Petrona, su esposa. Se dice que eran personas tan pobres que, para sobrevivir,
Hipólito tenía que juntar en el campo hierbitas tales como traguntines,
quintoniles y verdolagas o flores como el bitigú, tobalá y coachepil para llevarlas a vender en las
diferentes plazas de los pueblos cercanos a Santa Cruz.
Así
transcurrían sus días, hasta que una vez, al volver de una plaza, mientras Hipólito
descansaba a la orilla del camino bajo la sombra de un árbol, pasó a su lado un personaje muy
elegante, montando a caballo.
Este
señor saludó amablemente a Hipólito y luego le dijo:
_ deberías
invertir a lo grande, vete a la Costa y compra
pescado y frutas; contrata gente que te ayude; compra bestias de carga. Por qué
te conformas con esto, haz grande el negocio.
Ante tanta belleza, Hipólito, con cara de resignación,
respondió:
_ todo
eso está muy bien, pero qué dinero invierto si apenas gano para sobrevivir
vendiendo hierbitas.
A lo
que el catrín respondió:
_ yo
te quiero ayudar, mira, toma este dinero y con eso empieza tu nuevo negocio_. Y,
diciendo esto, le alargó una bolsita con unas cuantas monedas de oro.
Hipólito tomó las monedas y no echó en saco roto los consejos de
su benefactor, inmediatamente que llegó a su casa y puso al tanto a su mujer de
lo ocurrido, inició las operaciones para su nuevo negocio.
Compró
bestias de carga, contrató unos cuantos peones y viajó a la Costa por
mercancía. Anduvo al principio de plaza en plaza, pero ya en un carromato donde
cargaba la mercancía que ofrecía al precio que quería, pues era el único en la
región vendiendo tales productos.
Construyó
un gran caserón donde solo vivían él y su mujer y una buena cantidad de peones
y sirvientas.
Lo
curioso era que el hombre gastaba y gastaba,
pero el dinero nunca se agotaba. Construyo más casas que daba en renta, contrato más gente y nuevos transportes para
poder llevar su mercancía mucho más lejos
y su negocio creció y creció.
Lo raro, decía Gelasio, uno de sus trabajadores, pieza importante también en esta historia, es que siendo tan ricos como llegaron a serlo, Hipólito y Petrona toda la vida siguieron comiendo solo sus hierbitas y permanecieron tan flacos como antes.
Lo raro, decía Gelasio, uno de sus trabajadores, pieza importante también en esta historia, es que siendo tan ricos como llegaron a serlo, Hipólito y Petrona toda la vida siguieron comiendo solo sus hierbitas y permanecieron tan flacos como antes.
Así
los sorprendió la muerte, primero se fue Hipólito y poco después Petrona. Aparentemente
ahí se acababa todo, pero no fue así.
Un día que Gelasio, siendo empleado de la municipalidad, formó parte de un grupo de autoridades que fueron a la ciudad de Oaxaca para tratar ciertos asuntos importantes, al salir del palacio de gobierno se dedicó a pasear por las cercanías.
Un día que Gelasio, siendo empleado de la municipalidad, formó parte de un grupo de autoridades que fueron a la ciudad de Oaxaca para tratar ciertos asuntos importantes, al salir del palacio de gobierno se dedicó a pasear por las cercanías.
Andaba
por el kiosco cuando se le aceró un empleado de una tienda que estaba en lo que llaman El Portal de la Primavera y
le dijo hiciera favor de acompañarlo, que alguien que estaba dentro de la
tienda quería hablar con él.
Se fue Gelasio, detrás del empleado, hacia el
interior del local y, una vez ahí, el empleado le señaló un pasadizo.
_Sigue
por ahí_ le dijo_ al final vas a encontrar a la persona que quiere hablar
contigo.
Gelasio
siguió el camino indicado y, cuenta el mismo Gelasio que, caminó y caminó por
un túnel bajo tierra donde, a medida que
avanzaba, se encontró con varias puertas muy fuera de lo común: semejaban
cabezas de animales como león, tigre y serpiente, entre otros.
Su
estupefacción crecía conforme avanzaba, pero también su curiosidad y siguió
caminando. De pronto, sorpresivamente,
al trasponer una más de esas puertas, dio de frente con Petrona, muerta hacía varios años, que se encontraba hincada
moliendo maíz sobre un metate, para darles de comer a los puercos su patrón,
según dijo.
El
horror se apoderó de Gelasio cuando vio que su antigua patrona tenía clavadas las
rodillas a una barra de hierro colocada junto al metate y que sangraban continuamente.
_Nunca
desees dinero fácil porque es poco el gusto comparado con una eternidad de
sufrimiento_ le dijo Petrona al verlo.
Siguió
Gelasio caminando y entonces encontró a Hipólito en una rara pradera que se
hallaba en aquel subterráneo. Su ex patrón estaba cuidando unos chivos y,
según le dijo a Gelasio, tenía que llevarlos a tomar agua al río Jordán.
Su
aspecto era tan lastimoso, pero lo peor eran los huaraches de hierro que
portaba, clavados a sus pies y el continuo sufrimiento que le propinaban los
chivos al darle de topes a cada momento y más cuando se detuvo a platicar con
Gelasio.
Gelasio le preguntó que si era él quien lo
había mandado traer, pero respondió que no, que siguiera adelante y hallaría a
quien lo mandó buscar.
Finalmente
llegó Gelasio a donde ya no había ninguna puerta más, sólo un amplio aposento
semioscuro, y se encontró de frente con el mismo Diablo. Preguntó Gelasio cuál
era la razón por la que lo había mandado traer.
_No
fui yo, fue Hipólito que deseaba dejarte en su lugar_ respondió airado el Demonio.
_No
veo por qué, ciertamente yo fui su trabajador pero nunca le quedé a deber ni un
centavo para que quiera que yo pague por él, respondió Gelasio.
_Siendo
así, no tienes nada que hacer aquí, dile a Petrona que te indique el camino de
regreso, gritó el Diablo.
Pero
Gelasio no es de los que se quedan con dudas y se atrevió a preguntar en qué lugar se encontraban.
_¿No
lo sabes?_ dijo con una risotada burlona el Maligno_ estamos justo en tu
pueblo, en el interior del Cerro Viejo.
Gelasio,
no daba crédito, pero viendo que el diablo decidía liberarlo tomó
inmediatamente el camino de regreso y al salir se encontró con que sus
compañeros tenían un día esperándolo, preocupados, a la puerta de aquella
enigmática tienda. Para él su viaje por
el subterráneo había durado unos cuantos minutos, tal vez una hora, pero en el exterior
habían transcurrido más de 24 horas.
Esta
historia, además de que la cuentan muchas personas en el pueblo, yo no la pongo en duda, porque también me la contó mi padre,
Amalio Padilla y a él se la contó su tía Cipriana, la mujer que lo crío. Y a
ella sus padres o abuelos, asegurando todos, con mucha certeza, que fue un hecho real.
Y
algo que me hace dudar menos de su veracidad, es lo que me contó mi amigo Tanislao, Tanis como
le decíamos, cuando trabajamos juntos en Oaxaca. Su historia tiene un punto en común con lo que
acabo de contarles: El Portal de la Primavera.
Tanislao
en aquel entonces, hará unos cuarenta años, era operador de un trascabo, trabajábamos
en una empresa arenera. Tanis llenaba los volteos con su pala mecánica y yo, chamaco
todavía, anotaba los camiones que salían y la cantidad de arena que llevaban.
Pues
bien, entre un camión y otro nos daba tiempo de platicar y así, este señor, un día me platicó que a él lo
había dejado su esposa y la tristeza que esto le causó fue tan grande que busco
refugio en el alcohol. Todos los días estaba borracho y un día de tantos, como
a las cinco de la tarde, se encontró en El Portal de la Primavera con un gringo
que lo saludó muy amable dándole las buenas tardes. Tanis, embrutecido como
estaba, no perdió la compostura y también respondió el saludo y acto seguido
aquel personaje le invitó unas cervezas.
Tanis
no se hizo del rogar y después de unas cuantas rondas el gringo le dijo que
necesitaba que le hiciera un favor.
_Quiero
que me cuides este maletín por un momento, yo luego regreso_ dijo el extraño.
No
era cosa del otro mundo, así que Tanis estuvo de acuerdo y se quedó ahí junto
al maletín, pero pasaban y pasaban las horas y el hombre aquel no regresaba por
su maletín.
No
fue sino hasta las doce de la noche cuando fue apareciendo.
_ Todavía
estas aquí, ya te hubieras largado_ le gritó a Tanis.
_ Pero
como me voy a ir si me encargaste tu maletín_ le respondió Tanis.
_¡Qué
tonto eres, mira de lo que te has perdido!_ le grito el hombre y le muestró el contenido del maletín. Estaba
repleto de dólares.
_Ni lo
permita Dios que yo me quede con algo ajeno_ alcanzó a decir Tanis y en ese
momento sintió como un garrotazo por la nuca y no supo más de él hasta como a
las cinco de la mañana.
Lo
despertó el frío y al abrir los ojos se dio cuenta que estaba sobre una tumba dentro
del
panteón General de la ciudad de Oaxaca. Yo no conozco ese panteón, pero
Tanis me dijo que tiene una barda alta y la puerta está cerrada, sobre todo de
noche. Por eso no se explicaba cómo, inconsciente, pudo llegar hasta ese lugar.
Por eso decía que esta hazaña sólo podía ser obra del Cachudo. No lo sabe a
ciencia cierta, pero eso sí, desde aquel día no volvió a tomar jamás.
*Pedro Padilla Luis es originario de Santa Cruz Mixtepec y radicado en Estados Unidos
esta leyenda esta muy buena
ResponderEliminarDesconocía el Origen de ese Cerro siempre eh tenido la curiosidad de saberlo, gracias por el Dato.
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