
Por Blanca Padilla
Primer día: nadie. Aunque,
siendo optimista, podemos decir que mis hijos no faltaron. También
por ahí pasaron dos perros y el viento se solazó leyendo al derecho y al revés
los libros expuestos, 20 de cerca de 200 títulos.
Sí, les estoy hablando de la
apertura de una nueva Sala de Lectura en territorio poco conocido, una de las
fronteras entre el Estado de México y el Distrito Federal. “La terrible” San
Felipe de Jesús, como llama un gran amigo a esta colonia, y la Providencia, por
el lado de la Gustavo A. Madero, y la no menos terrible Campestre Guadalupana,
por el lado de Nezahualcóyotl.
Debo decir, en descargo de
los vecinos, que posiblemente faltó mayor difusión, más invitaciones casa por
casa, contar con más conocidos interesados en la lectura, etcétera. Me avocaré a
estas tareas en los siguientes días para que el próximo sábado no pase lo mismo,
máxime que el domingo 21 será el Día Mundial del Libro.
Es probable que hoy los
vecinos tuvieran algo mejor que hacer, como trabajar para conseguir el pan, por
ejemplo. Y creo, justamente, que una de las labores de esta semidesempleada es lograr que los vecinos lleguen a comprender,
poco a poco, que no sólo de pan vivimos los humanos.
Y ya que hablamos de esto, valga
recordar aquí, en honor a los libros y con todo mi despecho, la alocución “Medio pan y un libro”, ofrecida por
Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros,
Granada, su pueblo, en septiembre de 1931.
“No
tengo nunca un libro, porque regalo todos cuantos compro, que son infinitos, y
por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo,
la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
“No
solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la
calle no pediría un pan; sino medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí
violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin
nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a
gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres
sepan. Que gocen todos los frutos del
espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del
Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
[…]
“Cuando
el insigne escritor Fedor Dostoyevsky […] estaba prisionero en la Siberia,
alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de
nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, solo decía: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros
para que mi alma no muera!” Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed
y no pedía agua; pedía libros, es decir,
horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón”.
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